















La crisis aprieta a quien menos te lo esperas. Por ejemplo, en el nido de la familia Pulguita. Papá y mamá Pulguita llevan días muy preocupados viendo como sus vástagos pulguitas no tienen nada para llevarse a la boca. Las exploraciones por colchones, camas, alfombras de la mansión donde viven han resultado estériles. Ya no quedan rastros de alimentos abandonados, ni cadáveres de insectos o ácaros que poder traer a su hogar, ni hay una gota de sangre por los alrededores. Para terminar con la situación los progenitores deciden arriesgarse esa misma noche, saben que el territorio que queda más allá de los dormitorios humanos no les pertenece a esas horas, pero mamá y papá Pulguita se aventuran por pasillos y otras dependencias prohibidas. Hay un refrán que dice que la suerte acompaña a los valientes. Y en esta ocasión se cumple (aunque sólo en parte como se verá), enseguida tropiezan con el cuerpo inflado de una araña viuda negra, refocilándose de su última caza, dormitando la digestión. Entre papá y mamá Pulguita la estrangulan en un periquete y la despiezan: patas por un lado, abdomen por otro, y los restos enteros sin digerir que aún lleva en su estómago los liban con fruición antes de ponerse de regreso al nido. Pero zass!!!...
El principio de los Vasos Comunicantes dice algo de que dos recipientes comunicados entre si, parece que alcanzan el mismo nivel de liquido sea cual sea la capacidad de cada uno de ellos. Más o menos eso es lo que Julen había entendido al profesor de física, al tiempo que se distraía viendo como las nubes cruzaban el rectángulo de la ventana del aula, y su mente volaba escocida por un intenso dolor en el alma causado por otro asunto personal que no le había dejado dormir la pasada noche y le impedía tranquilizarse. Si los objetos que le rodeaban fueran seres vivos, con un sistema nervioso como el humano, su pupitre, el asiento, la mochila donde llevaba los libros y las pesadas herramientas del taller de prácticas, la ropa que vestía, las nike, el mp3, el portátil, y en casa la cama, la mesilla, las puertas del armario, ahora mismo estarían soltando alaridos de dolor por las patadas y puñetazos que Julen les había arreado en las últimas horas, cada vez que él recordaba las palabras de Amaia reprochándole la ausencia de cariño con que él la trataba, la forma brusca y ruda de besarle, de amarle. Ella no quería seguir, dijo en la penumbra del dormitorio en donde pasaban la tarde de ese domingo. Sería la última que la pasaba con él. Adiós, dijo ella.
Hace una semana Koldo, mi marido, me dejó este mensaje en el contestador de casa, en el fijo para entendernos. Su tono no era triste, ni reflejaba cómo estaba su ánimo, si es que estaba porque hay acciones que ya no precisan de sentimiento alguno, se hacen o se dicen y punto. Decía el mensaje de mi esposo, textual porque aún lo tengo grabado: "Isabel, ahora mismo voy a tomar un tren, camino hacia no sé donde. Me voy. Desaparezco. No quiero seguir contigo, ni con la vida aburrida que llevamos. Lo hemos hablado muchas veces. Es inútil que me llames porque en cuanto termine este mensaje echaré el móvil al Urumea. A los hijos diles lo que mejor te parezca". Colgué para inmediatamente comprobar el estado de nuestra cuenta corriente. Se había apropiado de la mitad del saldo. Debo reconocer que siempre fue un hombre muy ecuánime.
poca, se hallaba cortando patrones de camisas con unas grandes tijeras , reclinado sobre la mesa de su cuarto; como siempre que se concentraba en algo, la punta de la lengua le asomaba fuera de la boca, aprisionada entre los labios.
Cinco días es todavía el tiempo en el que tenemos la certeza de que no habrá, de momento, otra bomba.
eces..?.
Así que salí de nuevo, fui a parar al bar que está junto al kiosko. Desde allí podía observar vigilante la entrada del portal. Enseguida llegó el tipo que ella esperaba, lo reconocí porque su fotografía cuelga de una de las paredes del salón. Durante dos horas Julia es su esposa, se viste de ama de casa, si es preciso se coloca un delantal, plancha la ropa, pone la lavadora, cocina si él tiene hambre, le prepara el baño, le trae las zapatillas, y luego se deja hacer el amor en el sofá, o sobre la cama. No es un sexo escabroso, ni humillante, se la tira como un marido fiel, acostumbrado a acariciar en los lugares ya conocidos. A ella le gusta sentirse así, propiedad de un esposo imaginario, que la monta con delicadeza, y que le pide y le da satisfacción con una monotonía segura. "¿Me pasas el periódico, por favor?", era una expresión tan matrimonialmente anodina como decir "Abre las piernas, quiero saborear tu alma en mi boca", petición a la que ella accedía para dejarse llevar al éxtasis. Después o simultáneamente, Julia lo enloquecía empleando sus manos de planchadora, tan sabias y tan audaces como las de cualquier esposa de vecindario. Mientras yo pensaba en estas cosas, me iba tomando mi tercer o cuarto descafeinado, esperando que quedara el campo libre.