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miércoles, 9 de junio de 2010

Llamadas

Hace una semana Koldo, mi marido, me dejó este mensaje en el contestador de casa, en el fijo para entendernos. Su tono no era triste, ni reflejaba cómo estaba su ánimo, si es que estaba porque hay acciones que ya no precisan de sentimiento alguno, se hacen o se dicen y punto. Decía el mensaje de mi esposo, textual porque aún lo tengo grabado: "Isabel, ahora mismo voy a tomar un tren, camino hacia no sé donde. Me voy. Desaparezco. No quiero seguir contigo, ni con la vida aburrida que llevamos. Lo hemos hablado muchas veces. Es inútil que me llames porque en cuanto termine este mensaje echaré el móvil al Urumea. A los hijos diles lo que mejor te parezca". Colgué para inmediatamente comprobar el estado de nuestra cuenta corriente. Se había apropiado de la mitad del saldo. Debo reconocer que siempre fue un hombre muy ecuánime.

viernes, 12 de febrero de 2010

El secreto

Tendría unos siete u ocho años, cuando un compañero de aula me desveló medio en broma, medio en serio, el mayor secreto de la infancia. Muy asustado e inseguro por lo que acababa de saber, llegué a casa. Mi padre, pluriempleado como todos los padres de la época, se hallaba cortando patrones de camisas con unas grandes tijeras , reclinado sobre la mesa de su cuarto; como siempre que se concentraba en algo, la punta de la lengua le asomaba fuera de la boca, aprisionada entre los labios.
- Aitá, ¿los reyes son los padres? – le pregunté cerrando los ojos y apretándolos como cuando te vas a chocar contra algo.

martes, 9 de diciembre de 2008

La cuenta

De vez en cuando, especialmente en alguna tarde calurosa, o en días de mucho frío y lluvia, me suelo refugiar durante un rato en la biblioteca del Koldo Mitxelena. En su interior me muevo sin rumbo, escogiendo libros al azar para leer sus primeras líneas, o entrando en la fonoteca para comprobar si hay alguna novedad, lo cual no sucede desde hace unos diez años.
Por fin, de manera simuladamente inconsciente, me acerco a las estanterías de los libros de ficción, sabiendo adónde quiero ir a parar. Siempre caigo en las proximidades de la triple inicial MAL. Allí se encuentra el libro que contiene uno de mis relatos preferidos. Su autor es Bernard Malamud, neoyorkino de origen judío. El título del relato "La cuenta". Pertenece a un libro que leí con quince años "El Barril Mágico", editado por Seix Barral en la colección Biblioteca Formentor, inencontrable hoy en día. El libro del Koldo Mitxelena, titulado en un alarde de agudeza "Relatos", pertenece a una recopilación más reciente.
"La cuenta" trata de la difícil supervivencia de un modesto tendero, bondadoso e ingenuo. Aún hoy, cuarenta años después de mi primera lectura, me sigue estremeciendo leer en este relato frases como esta: "La lengua le colgaba en la boca como una fruta muerta en una rama, y su corazón era como una ventana pintada de negro".

jueves, 12 de junio de 2008

Un mensaje en la botella


Ahora que tengo tiempo pensaré en la muerte como si fuera la amante más complaciente y desnuda que haya conocido. Lo haré sin mirar atrás, no quiero ver las huellas de mi mismo cuando vivía. Ha llegado de pronto una especie de locomotora llevándose mi futuro por delante. Debo empezar de nuevo, de nuevo a hablar, de nuevo a mirar a los demás bajo unos ojos que se me han cambiado. Dejaré de respirar para sentirme muerto de capirote, que los otros me lloren y pronto se dediquen a otra cosa olvidándome. Hoy no es mi mejor día, los tengo peores. Por ejemplo, hace una semana me quedé como plantado en la orilla de la playa durante horas, de pie, escudriñando el horizonte, a la espera de un barco que no llegó. Luego, las olas de la pleamar me empaparon y me tiraron sobre la arena. Un niño que por allí jugaba al balón, se partía de risa viéndome en ese estado.

martes, 3 de junio de 2008

La vida en un blog

El día que perdí mi empleo, mi vida se paralizó. No llovía, ni las nubes cubrían el techo de mi barrio, sólo fui capaz de presentarme en casa de Julia sin avisar. Nos abrazamos un instante con la ternura cálida de quienes se necesitan. Pero ella esperaba a un cliente que venía de Bilbao para un par de horas. Era un cliente muy especial, de los que piden pero que pagan bien. Así que salí de nuevo, fui a parar al bar que está junto al kiosko. Desde allí podía observar vigilante la entrada del portal. Enseguida llegó el tipo que ella esperaba, lo reconocí porque su fotografía cuelga de una de las paredes del salón. Durante dos horas Julia es su esposa, se viste de ama de casa, si es preciso se coloca un delantal, plancha la ropa, pone la lavadora, cocina si él tiene hambre, le prepara el baño, le trae las zapatillas, y luego se deja hacer el amor en el sofá, o sobre la cama. No es un sexo escabroso, ni humillante, se la tira como un marido fiel, acostumbrado a acariciar en los lugares ya conocidos. A ella le gusta sentirse así, propiedad de un esposo imaginario, que la monta con delicadeza, y que le pide y le da satisfacción con una monotonía segura. "¿Me pasas el periódico, por favor?", era una expresión tan matrimonialmente anodina como decir "Abre las piernas, quiero saborear tu alma en mi boca", petición a la que ella accedía para dejarse llevar al éxtasis. Después o simultáneamente, Julia lo enloquecía empleando sus manos de planchadora, tan sabias y tan audaces como las de cualquier esposa de vecindario. Mientras yo pensaba en estas cosas, me iba tomando mi tercer o cuarto descafeinado, esperando que quedara el campo libre.